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Entre el cemento y los árboles. ¿Qué modelo de ciudad construimos y para quién o quiénes?

Fecha: 11, Jun, 26

COLUMNA DE OPINIÓN

Por: Juan Camilo Reyes Marfoi

Las ciudades hablan. Hablan en sus calles, en sus parques, en la sombra de sus árboles y en la manera como deciden crecer. Por eso duele tanto ver caer un árbol. No es solamente madera. Es memoria, paisaje e historia. Bajo sus ramas jugaron niños, descansaron abuelos y caminaron generaciones enteras. Allí también encontraron refugio aves, insectos y muchas otras formas de vida que hacen parte de nuestro entorno.

Cuando una comunidad sale a defender sus árboles, no está exagerando. Está defendiendo su forma de vivir y la relación que ha construido con el lugar donde habita. Porque vivir una ciudad no significa únicamente ocupar un espacio. El filósofo Martin Heidegger (2001) afirmaba que habitar también implica cuidar y proteger aquello que hace posible nuestra vida cotidiana. En otras palabras, una ciudad no es solo un conjunto de edificios y calles; también es el vínculo que construimos con ella. Con frecuencia, el urbanismo moderno confunde progreso con cemento. Se amplían vías, se construyen edificios y se transforman paisajes enteros bajo la promesa del llamado ‘desarrollo’, un concepto bastante cuestionado por las ciencias sociales, que es contradictorio en su praxis. El geógrafo David Harvey (2013) explica que las ciudades no crecen por casualidad. Sino que, detrás de cada obra, existen decisiones económicas y políticas que favorecen determinados intereses. Por eso la forma que toma una ciudad refleja quién, o quienes tiene poder para decidir sobre ella.

Cuando predominan los intereses económicos, la naturaleza suele verse como un obstáculo. Los árboles, los caños y las zonas verdes terminan apareciendo como elementos que deben ser removidos para abrir paso a nuevas construcciones. Harvey (2008) advierte que muchas transformaciones urbanas responden más a las necesidades del mercado que a las necesidades de quienes habitan la ciudad.

El debate no consiste en estar en contra del progreso. Las ciudades necesitan crecer, mejorar su movilidad y modernizar su infraestructura. El problema aparece cuando crecer equivale destruir todo aquello que hace agradable y saludable la vida urbana.  Evidentemente una vía puede ampliarse varias veces; en cambio un árbol que ha tardado sesenta años en crecer no puede recuperarse de un día para otro. Por eso, los árboles urbanos son mucho más que un adorno que muchas veces no valoramos. Funcionan como una infraestructura viva. Ayudan a disminuir el calor, limpian el aire, reducen el ruido, capturan carbono y contribuyen al bienestar físico y emocional de las personas. También hacen parte del patrimonio de una comunidad porque guardan recuerdos, historias, fotografías y formas de relacionarnos con el territorio. Cuando se talan sin suficiente justificación, no solo desaparece un árbol; también desaparece una parte de la memoria colectiva.

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